Otro caso real
En el año 90 del milenio pasado, algo me produjo una ¿enfermedad? que el medico llamó crisis de pánico. Sólo durante un día pude soportar aquello, que desde hace muy poco puedo evocar sin angustia y debo evocarlo para contarlo.
Cada minuto sufres una descarga de adrenalina, tan grande, tanto que, en lugar de salir corriendo o esconderte, quedas paralizado, los ojos se te salen de las órbitas, no puedes razonar, no puedes pensar, solo ponerte a salvo. Es como la agonía de la muerte, pero sin ella para pasar el trance, cada minuto, en que intentas rezar, recordar una oración. Y tanta es la soledad que ni tu espíritu esta contigo. Esto ya es de médico de urgencias, que te da sedantes al momento. ¿QUÉ OTRA COSA? Luego el psiquiatra, que te da más, muchos más, y te dice que tienes un bloqueo de neuronas, y se queda tan ancho en su sabiduría. Meses medicada; para ir al cuarto de baño, te llevan; sentada todas las horas del día, sin siquiera enterarte, te vas consumiendo y... no te enteras. Pero la mente, el espíritu que se comunica por el pensamiento, ese sí se entera, ninguna droga lo puede dormir y reclama y clama.
Hasta que un día pides ayuda, pides fuerza y la recibes. Dejé toda esa droga (hasta ocho pastillas distintas al día, cada seis horas cada una, sólo comía píldoras), todo de golpe, ni una más. Hay que ser fuerte, sin médico, sin ir reduciendo. No las tiré, estaban ahí al alcance de mi mano, necesitaba saber que podía echarme atrás si las fuerzas me fallaban.
¡¡Señor!!! Aquello quien lo imaginara, rogaba durante días un minuto de sueño. Todo mi cuerpo, mi cerebro alerta, pidiendo piedad a mi alma, que no cedía, no había tregua, ni un instante de tregua. Frío, calor, angustia, de la de verdad, de la que te mata en lenta agonía. Y mi alma en silencio, no me atrevía ni a pensar, no me atrevía ni a hablar. Empecé nuevamente a dormir, mi bálsamo, mi recompensa a la lucha. Luego de a poquitos a salir y caminar; iba a un montecito cercano y me sentaba bajo un árbol, apoyaba mi espalda en él, y le sentía palpitar, le dirigía mis pensamientos de agradecimiento por sostenerme. Apoyaba mi mano en la hierba, en la tierra, y le decía con mi mente y mi corazón: un día te devolveré este cuerpo que generosamente me diste, y que alimentas, ¡¡gracias madre!!.
Cada vez iba mas lejos en mi deambular en busca de paz. Las crisis volvieron, pero les hice frente y se alejaron de mí; me apartaba de las carreteras, de los caminos, me metía en los montes, me herían las silvas con sus espinas, solo buscaba la soledad, la calma.

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