Publicidad:
La Coctelera

Categoría: Experiencias Personales

17 Octubre 2008

Caso real de Agorafobia...

Empecé con ataques de pánico a los 25 (tengo 42 actualmente, soy soltero y sin hijos), los médicos de mi país y quizá los de ningún país estaban preparados para lidiar con ese trastorno así que me diagnosticaron depresión... claro que te tienes que deprimir si de repente sientes que te estás volviendo loco... luego desarrollé agorafobia y en una de mis peores crisis hace unos 10 años estuve sin salir de casa por todo un año.

Actualmente me encuentro de maravilla (desde hace unos 5 años) ya que hago mucho ejercicio (bicicleta), sólo trabajo cuando es estrictamente necesario, me dedico sólo a lo que me gusta... Tomo aún cada día fármacos (dejé los sedantes hace como 4 años). Doy gracias todos los días al levantarme por el milagro que se ha hecho en mí y esto es precisamente el propósito de este mensaje... llevar aliento a todos aquellos que piensan que no hay futuro, a todos aquellos que han perdido toda esperanza... Por supuesto que vienen tiempos mejores... no bajemos la guardia...

17 Octubre 2008

Otro caso real

En el año 90 del milenio pasado, algo me produjo una ¿enfermedad? que el medico llamó crisis de pánico. Sólo durante un día pude soportar aquello, que desde hace muy poco puedo evocar sin angustia y debo evocarlo para contarlo.

Cada minuto sufres una descarga de adrenalina, tan grande, tanto que, en lugar de salir corriendo o esconderte, quedas paralizado, los ojos se te salen de las órbitas, no puedes razonar, no puedes pensar, solo ponerte a salvo. Es como la agonía de la muerte, pero sin ella para pasar el trance, cada minuto, en que intentas rezar, recordar una oración. Y tanta es la soledad que ni tu espíritu esta contigo. Esto ya es de médico de urgencias, que te da sedantes al momento. ¿QUÉ OTRA COSA? Luego el psiquiatra, que te da más, muchos más, y te dice que tienes un bloqueo de neuronas, y se queda tan ancho en su sabiduría. Meses medicada; para ir al cuarto de baño, te llevan; sentada todas las horas del día, sin siquiera enterarte, te vas consumiendo y... no te enteras. Pero la mente, el espíritu que se comunica por el pensamiento, ese sí se entera, ninguna droga lo puede dormir y reclama y clama.

Hasta que un día pides ayuda, pides fuerza y la recibes. Dejé toda esa droga (hasta ocho pastillas distintas al día, cada seis horas cada una, sólo comía píldoras), todo de golpe, ni una más. Hay que ser fuerte, sin médico, sin ir reduciendo. No las tiré, estaban ahí al alcance de mi mano, necesitaba saber que podía echarme atrás si las fuerzas me fallaban.

¡¡Señor!!! Aquello quien lo imaginara, rogaba durante días un minuto de sueño. Todo mi cuerpo, mi cerebro alerta, pidiendo piedad a mi alma, que no cedía, no había tregua, ni un instante de tregua. Frío, calor, angustia, de la de verdad, de la que te mata en lenta agonía. Y mi alma en silencio, no me atrevía ni a pensar, no me atrevía ni a hablar. Empecé nuevamente a dormir, mi bálsamo, mi recompensa a la lucha. Luego de a poquitos a salir y caminar; iba a un montecito cercano y me sentaba bajo un árbol, apoyaba mi espalda en él, y le sentía palpitar, le dirigía mis pensamientos de agradecimiento por sostenerme. Apoyaba mi mano en la hierba, en la tierra, y le decía con mi mente y mi corazón: un día te devolveré este cuerpo que generosamente me diste, y que alimentas, ¡¡gracias madre!!.

Cada vez iba mas lejos en mi deambular en busca de paz. Las crisis volvieron, pero les hice frente y se alejaron de mí; me apartaba de las carreteras, de los caminos, me metía en los montes, me herían las silvas con sus espinas, solo buscaba la soledad, la calma.

17 Octubre 2008

El caso de Juan

Mi caso es el de ansiedad social. Todo mi problema se ha gestado durante mi niñez y adolescencia, pero realmente empezó a aparecer al segundo año de universidad.

En mi etapa de colegio tuve la desgracia de ser objeto de burlas de compañeros de clase, a quienes nunca podré perdonar lo que me han hecho, y por quienes todavía conservo más de 10 años después un sentimiento de profunda rabia. Al mismo tiempo, en mi casa siempre me han educado recalcando lo mucho que puede influír tus acciones ante la gente, vamos, el típico "qué dirán!" de sobra conocido.

En esta época no pasaba de ser un chico tímido y muy inocente. Cualquiera me podía tomar el pelo. Esa fue mi desgracia. Sin embargo por aquel entonces no tenía fobia social. Era perfectamente capaz de exponer trabajos en clase, y aunque no me gustaba, lo hacía sin tener más síntomas que los simples "nervios" de una persona tímida.

Sin embargo, de ser un estudiante ejemplar en EGB, empecé a hundirme poco a poco en el fracaso escolar a partir de 8º EGB y BUP, cuando empezaron las burlas. Perdí la motivación para estudiar y tuve que repetir COU. Durante los fines de semana tenía otros amigos, con los que empecé con las típicas borracheras de fin de semana.

COU lo repetí en otra parte. Y para mí supuso un año sabático en el aspecto del estrés. Mis nuevos compañeros eran buenos compañeros, yo incluso me hice algo rebelde (me dejé melena y llevaba chaqueta de cuero con chapas, y eso). Pero los estudios los pude retomar con más ganas. Recuerdo que en esa época fui bastante participativo en clase, y apenas me costaba, en un aula con unas 30 personas. Ese año (1992) fue cuando empecé a experimentar con las drogas los fines de semana.

Entonces empezó la universidad. El primer año no me lo tomé muy en serio y más bien fue un año de mucha tontería del cual hay poco que remarcar, salvo que de vez en cuando tomaba con mis amigos pastillas los fines de semana.

Fue a partir del segundo año de universidad cuando la cosa empezó a salirse de madre. Al principio no era más que sensación de incomodidad frente a ciertas situaciones, pero poco a poco me costaba cada vez más desenvolverme en ciertas situaciones. Empezaron los primeros síntomas: taquicardia, temblores, sudor frío, bloqueo de la mente, rigidez muscular o dificultad en el habla (yo lo llamaba "voz pastosa"). Cuando por ejemplo estaba en clase y sabía que me iba a llegar un turno de preguntas, el subidón de ansiedad era tan fuerte que me sentía en la imperiosa necesidad de abandonar el aula, y eso es lo que hacía.

Al cabo de cinco o seis años tuve que dejar la universidad (a un curso de acabar la carrera) porque ya no podía más. Esto al tiempo que los fines de semana hacía más habitual el consumo ya no de pastillas, sino de cocaína.

Al poco me puse por primera vez en tratamiento. Para lo único que me sirvió fue para rebajarme el estrés y la ansiedad generalizada que tenía. Al cabo de medio año entré (por enchufe) a trabajar ¡en una ventanilla!, menuda paradoja, con el miedo que yo les tenía. Durante el año que estuve trabajando mi autoestima subió paralelamente al saldo de mi cuenta, y tuve ataques de ansiedad ocasionales (por ejemplo lo peor era tener que hacer una llamada de teléfono delante de los clientes).

Cuando el trabajo acabó (era temporal) volví poco a poco a experimentar que mis síntomas de ansiedad aumentaban. Y aunque en general eran los mismos de antes pero más fuertes, habían ciertos cambios. Ya no tenía el "habla pastosa" que digo yo. Sin embargo me apareció otro, tal vez el más molesto y evidente frente a los demás: sensación de irritación o presión en los ojos. No podía fijar la mirada en alguien porque sentía que mis ojos se descontrolaban. Es difícil de describir.

Finalmente entré en una depresión. Volví a terapia psicológica en otro sitio. Me fue de más ayuda que la anterior vez, ya que en éste estaban más enfocados a mi mal, pero pecaron un poco de falta de experiencia. Aun así al menos tuve unos meses de relativa felicidad y normalidad. Además me ayudaba de tranquilizantes como el Trankimazín o Atarax y antidepresivos como el Seroxat o el Motiván. Aunque reconozco que tras la primera visita al psiquiatra que me las recetó, no volví, y seguí tomando la medicación por mi cuenta, pero yo mismo me la iba rebajando.

Sin embargo, tal vez debido a que ha pasado mucho tiempo desde que estoy sin trabajo, los síntomas me han vuelto con más fuerza que nunca. Ahora incluso está afectando a las relaciones con mis amigos. Tengo ataques incluso con ellos.

Ahora mi ansiedad aumenta cuando llega el fin de semana. Hace poco estuve tres días con amigos en Madrid conviviendo con ellos, y la verdad es que en mi interior lo he pasado muy mal, y he acabado mentalmente agotado. Ellos mismos me encuentran raro. Ya no puedo durante una comida o una cena con ellos expresar una opinión que sea más allá de unas pocas palabras, porque sé que en algún momento me sentiré tan observado que me dará un ataque. Y la verdad es que peor que eso es el sentimiento de humillación y frustración que tienes cuando te pasa delante de la gente, y más aún si son tus amigos.
Si esto sigue así me voy a quedar sólo. Así que me encuentro inmerso en el peor de los infiernos y sin tocar fondo. Sólo se lo deseo a quienes me han hecho esto.

En cuanto a la medicación, ahora sólo suelo tomar medio Atarax antes de quedar con amigos o de hacer algo que me causa ansiedad sólo de pensarlo. Y cuando me encuentro con la moral por los suelos tomo sólo medio Motiván. Le he cogido un poco de respeto a la medicación porque la he estado tomando sin seguimiento médico. Incluso ya me da la impresión de que a veces hace que mis ataques de ansiedad sean más fácil de que aparezcan por su culpa. También le he cogido miedo a las drogas. Porque ha llegado un punto que con la coca lo paso peor que sin ella cuando estoy con los amigos. Aun así aún
hay algún fin de semana esporádico que caigo en la tentación y después me arrepiento.

Voy a ponerme de nuevo en tratamiento porque no puedo dejar que esto vaya a más, y sé que si no hago algo me voy a volver loco de verdad. Espero que la próxima vez que escriba sea para decir que estoy bien de nuevo. Al menos siento quitarme un pequeño peso de encima escribiendo esto.

Un saludo. Juan

17 Octubre 2008

Caso de Maria

Hace ya algunos años que sé positivamente lo que me ocurre, TAG. Desarrollé también algunas fobias y a veces me escabullo un poco de la vida en sociedad. Siempre he sido una persona muy perfeccionista e insegura, obviamente la primera característica deriva de la 2°. He vivido queriendo que los demás me quieran y casi siempre pasó así. No tengo mucho por qué quejarme. Tuve un padre maravilloso. Tanto lo fue, que cuando murió empezó patentemente todo esto.

Han pasado 8 años desde su muerte, yo tenía 18 años recién cumplidos, y todavía lo sigo llorando y extrañando. Soy muy inmadura e infantil, me cuesta horrores crecer y ver que ya soy una mujer, aunque estoy casada hace 5 años.

A los 2 meses de morir mi papá, encontré al amor de mi vida y si bien había mucho de necesidad psicológica de apoyo, gracias a Dios, la "causalidad" hizo que nuestro primer encuentro se transformara en una sólida pareja, con sus buenos y malos momentos, como todos, pero con mucho amor. Mentiría si les digo que he vivido una experiencia paralizante con el miedo, porque no es así. Nunca tuve un ataque de pánico o algo similar. Pero por ese miedo que siento a veces me paralizo y evado de lo que realmente me toca hacer. Cambio muchas veces el curso de mi vida por él. Y fundamentalmente no me deja ser LIBRE.

Tenía miedo a rendir, estudiaba Abogacía. Al comienzo, cada vez que tenía un examen, lloraba como loca y no quería ir a rendir, pero finalmente lo hacía. Sacaba excentes notas, porque el miedo me hacía estudiar mucho. Después esto se hizo cada vez más insostenible, quería saberme libros y libros perfectamente, porque no admitía la posibilidad de no saber determinada cosa. Dejaba pasar mesas y mesas de exámenes. Hasta que despúes en una de ellas, me di cuenta que podía evitar el miedo, evadiéndolo, escapando. Y ahí, una vez que lo hice por primera vez, comencé a huir, hasta ahora. Me llamo a veces la "gran Houdini", por mis facilidades para el escape. He escapado también de trabajos, iba a las entrevistas, los conseguía y después lloraba y no quería ir. La última vez, trabajé medio día. Me río cuando lo escribo, porque es tragicómico. Hace 6 años que no viajo en avión, porque le tengo pánico de sólo pensarlo. He superado algunos otros miedos, pero me quedan... uf, no quiero ni pensarlo.

He ido a psicólogos que no me han resultado y que no eran explícitos con lo que me pasaba. Ahora tomo un ansiolítico recetado por mi médico de familia. Estoy más tranquila, pero los miedos siguen ahí. Creo que esa es la tarea de mi vida. Liberarme lo que pueda de ellos y ser feliz de a ratos. Más que nada deseo ser libre, libre de mí misma. De mi mente que a veces no calla y se agota de tanto anticiparse a todo y pensar. A veces no lo paso nada bien y aunque todos me ayudan mucho, caigo. Pero nunca pierdo la esperanza. Ella es la que me sostiene. No soy de ninguna religión, pero creo mucho en el amor, en el amor de Dios. A veces creo que aunque la mente tiene su funcionamiento y puede causar estos trastornos, también está ligado mucho con la fe. Y ¿qué es el miedo sino la falta de fe?. Espero encontrar los mecanismos para que mi querida mente se calme y para que mi incipiente fe crezca.

17 Octubre 2008

El caso de Pepa: “No puedo ir sola. ¡Me desmayaré!”

Pepa comenzó a tener crisis de pánico cuando tenía 22 años. Sus crisis solían comenzar con cierta opresión en el pecho que luego daba lugar a una sensación de vértigo creciente. Todo le daba vueltas y su gran miedo era llegar a desmayarse y golpearse la cabeza al caer, muriendo desangrada. Conforme se hicieron más frecuentes la crisis, notó que parecía que había lugares en los que era más fácil que le diera la crisis.

Sus lugares temidos eran aquellos donde había grandes aglomeraciones de gente, como ocurría en los grandes almacenes y en el supermercado. Al principio, comenzó evitando las horas punta, pues de ese modo se sentía más tranquila y parecía prevenir la aparición de nuevas crisis. Posteriormente tuvo que convencer a su marido para que se las arreglara solo con la compra, pues ella se veía incapaz de acudir al supermercado (sola o acompañada). Pepa perdió la oportunidad de consolidar su plaza como profesora debido a que no pudo ir a realizar un curso que necesitaba por el mero hecho de impartirse en una ciudad cercana y tener que desplazarse sola en autobús.

El trastorno

A veces, cuando una persona desarrolla un trastorno de pánico por la experiencia repetida de crisis de ansiedad, ocurre que tiende a tener las crisis con más frecuencia en determinados lugares (supermercados, cines, aglomeraciones de gente, etc.). En esos casos es fácil que asociemos esos sitios con el hecho de tener una crisis de ansiedad —algo parecido al enchufe y el grito—, entonces puede ocurrir que “solucionemos” el miedo a tener una crisis de ansiedad evitando los lugares en los que pensamos que es más fácil que nos den las crisis. Dicha evitación nos puede llevar a problemas diversos y en tal caso habríamos desarrollado un trastorno fóbico que se llama agorafobia.

La persona con agorafobia puede evitar muchas y variadas situaciones, desde las ya mencionadas (aglomeraciones de gente) hasta otras menos evidentes según el significado literal del término como: pasar por puentes, viajar en avión, utilizar ascensores, etc. En realidad, para el agorafóbico que ha tenido o tiene crisis de pánico, cualquier situación en la que pueda ser difícil escapar o conseguir ayuda si tiene una crisis se vuelve potencialmente peligrosa ante sus ojos.

No siempre la agorafobia está relacionada con el trastorno de pánico. En un número menor de casos, las situaciones descritas se evitan por miedo a otros elementos que nada tienen que ver con las crisis de pánico. Yo he tratado menos pacientes de este tipo, pero ahora recuerdo un joven que había tenido una experiencia muy desagradable viajando en autobús. Había bebido mucha agua antes de iniciar el viaje y cuando aún faltaba una hora para llegar al destino, comenzó a sentir cierta urgencia urinaria. El autobús no disponía de aseo y eso resultaba aún más agobiante para el joven viajero. A medida que aumentaba la opresión en su vejiga, por su mente pasaba de todo: solicitar al conductor que parase y orinar en la carretera (lo que le producía una gran vergüenza), aguantar como pudiera hasta el destino, e incluso ¡orinarse encima!. Finalmente llegó a su destino, pero con un gran dolor que luego le impidió orinar normalmente hasta pasadas unas horas. A partir de ese incidente comenzó a evitar beber agua antes de los viajes, evitaba los autobuses que no llevasen aseo, evitaba beber agua antes de entrar al cine y cada vez que se ponía nervioso tenía sensaciones de necesitar orinar (aunque luego eran falsas alarmas).

La clave del trastorno

La agorafobia se mantiene principalmente por evitar los lugares temidos. Es importante subrayar que las crisis de ansiedad no se producen por ir a esos lugares. Lo que ocurre es que en esos lugares se dan las circunstancias propicias para que se produzcan los síntomas que disparan la crisis. Síntomas que, por otro lado, son completamente inofensivos. A partir de ellos, comienza la interpretación catastrófica de las sensaciones corporales, pero ahí comienza otro problema: el trastorno de pánico.

El hecho de evitar esas situaciones hace que el agorafóbico se vaya recluyendo más y más en un falso círculo de seguridad , llegando a quedarse aislado en casa (a veces por más de 20 años, como le había ocurrido a un paciente de nuestra clínica).

17 Octubre 2008

El caso de Marina: “¡Podría pasar cualquier cosa!”

Marina, de 52 años, es ama de casa y madre de cinco hijos ya adultos. La relación con su marido ha perdido mucho con los años pero se resiste a iniciar la separación. Marina se ha preocupado en exceso por muchos motivos: sus hijos, su madre, sus nietos... Algunas frases típicas suyas son: “¿Ha llegado Joaquín?”; “¿Están bien los críos?”; “Llevad cuidado con el coche”; “No salgáis hasta muy tarde, que nunca se sabe qué puede pasar en la noche”.

El menor de sus hijos tiene ya 20 años y se ha acostumbrado a las continuas advertencias y sugerencias para prevenir males posibles. También se ha acostumbrado a llamarla por teléfono en mitad de la noche cuando sale con los amigos para informarle de que no pasa nada, que todo va bien. Marina reconoce que le resulta difícil dejar de preocuparse tanto por todos y por todo. Le resulta muy difícil concentrarse en otra cosa que no sean los peligros que acechan a los suyos, confundiendo con frecuencia el hecho de que un peligro sea posible con el hecho de que sea probable . Tiene dificultades para dormir y mucha tensión muscular acumulada. Se resistía a reconocer que lo suyo era un problema de ansiedad “porque los peligros son reales”.

El trastorno

La ansiedad generalizada, o ansiedad flotante, es aquélla que no está focalizada en ninguna situación de las que hemos visto en los trastornos anteriores. En el trastorno de pánico se temen las crisis de ansiedad o los lugares donde es más fácil tenerlas, si se da con agorafobia. En la fobia social se temen las situaciones sociales y la crítica negativa de los demás. En las fobias específicas se temen situaciones concretas como los ascensores, las tormentas o los animales, por ejemplo. En el trastorno obsesivo-compulsivo se teme la contaminación, cometer errores o blasfemar, por citar algunas obsesiones. En el trastorno de estrés postraumático se temen los recuerdos del acontecimiento traumático.

En el trastorno de ansiedad generalizada no se teme nada en particular pero se teme todo al mismo tiempo. La persona que sufre este trastorno de ansiedad tiene una gran facilidad para preocuparse por muchas cosas y mucha dificultad para controlar las preocupaciones. No se limita la ansiedad a una o varias situaciones con cierta similitud entre sí, como ocurre en el resto de trastornos de ansiedad. Es como si siempre hubiera algo de lo que preocuparse: pequeños problemas en los estudios, el trabajo, o la relación de pareja, tener un accidente al salir de casa... En cualquier momento algo puede ir mal o puede pasar algo o no se está haciendo lo suficiente para asegurar la economía familiar (que, por otro lado, tampoco tiene ningún problema especial). Y además resulta imposible dejar de preocuparse por las pequeñas cosas de la vida.

Esta ansiedad constante se manifiesta, lógicamente, en síntomas como: dificultad para concentrarse, inquietud, fatiga, irritabilidad, tensión muscular o problemas para dormir.

La clave del trastorno

Las personas con ansiedad generalizada parecen poseer un radar muy sensible para detectar los problemas que pueden aparecer en cualquier momento. Es como si les costase adaptarse a la vida cotidiana, a sus cambios y a sus amenazas —continuas, pero poco probables—. Es cierto que existen los accidentes, las violaciones, las catástrofes económicas y el paro, pero eso no significa que debamos permanecer siempre en casa y no salir nunca por la noche a cenar o al cine.

La solución que adopta la persona con este trastorno es la preocupación intensiva. De hecho, esto le funciona en cierta medida debido a que la preocupación excesiva provoca un funcionamiento intensivo del hemisferio cerebral izquierdo (que soporta el pensamiento lógico y racional), y una cierta inhibición del hemisferio derecho, que se encarga de la formación de imágenes y que tiene más poder para causar alteración emocional. Es como si preocupándonos en exceso evitásemos en cierta medida imaginarnos las consecuencias de los temores básicos que vienen a nuestra mente. Pero esta solución sólo funciona en parte porque la preocupación intensiva genera síntomas físicos de ansiedad como tensión muscular, irritabilidad o problemas con el sueño. Y lo que es aún más importante: bajar el ritmo de preocupación nos permite imaginar mejor lo que tememos (las consecuencias del paro, la evolución de esos pequeños problemas del niño hasta que se hace drogadicto o delincuente, etc.).

El problema real al que se enfrenta una persona con ansiedad generalizada es distinguir lo que es posible de lo que es probable . En realidad, todo es posible . Podemos perder el trabajo, suspender un examen que llevamos bien estudiado, salir a la calle y ser atropellados en la puerta de casa... Todo es posible. Pero, ¿es probable? Ésa es la cuestión. No todo es probable. Muchas personas salen a la calle todos los días y muy pocas son atropelladas. Y no digamos el número de los que son atropellados ¡en la puerta del propio domicilio! Generalmente, los exámenes los aprueban los alumnos que los llevan mejor preparados y los suspenden los que no los llevan lo suficientemente bien preparados. Es cierto que algunos alumnos se ponen nerviosos y no pueden demostrar su conocimiento, pero muy pocos suspenden cuando deberían haber sacado la máxima nota. También podemos perder el trabajo e ir al paro pero, analizado en frío, ¿es eso realmente probable ? Aquí puede que sea más difícil dar una respuesta; depende de la estabilidad laboral que nos otorgue nuestro contrato, de las condiciones laborales de nuestro sector, de la situación económica actual, etc.

17 Octubre 2008

El caso de Rosa: “Acabaré loca en un manicomio”

Rosa tenía 32 años cuando acudió a consulta. Llevaba una larga andadura en su búsqueda de ayuda, que se remontaba unos cinco años y que incluía psiquiatras, psicólogos, curanderos y videntes. Todo comenzó tras una época bastante estresante en el trabajo. Un día tuvo una experiencia que calificó de aterradora.

Estaba caminando por una de las calles de su pueblo y de repente sintió una extrañeza inexplicable: sabía que ésa era la misma calle de siempre pero le resultaba desconocida. Se sentía como si se hubiese caído de un platillo volante y no conociese a nadie ni reconociese las calles de su pueblo natal. Comenzó a correr; las piernas no le dejaban estar quieta, sentía oleadas de calor y le faltaba el aire. Llegó corriendo a su casa y se quedó más tranquila pero totalmente confundida: “¿Me estaré volviendo loca?” —se preguntó—. Precisamente, unas semanas atrás habían ingresado en un hospital psiquiátrico a dos vecinos suyos, aunque no sabía muy bien porqué. La experiencia volvió a repetirse cuatro o cinco veces antes de que su madre le acompañara al psiquiatra. El psiquiatra no se mostró muy seguro sobre el trastorno de Rosa, pero —según contó— le dijo a su madre que podía ser “ESQUIZOFRENIA”.

Una palabra con mayúsculas para Rosa y que no podía escuchar sin que se le erizara el vello de todo el cuerpo. Rosa sabía que la esquizofrenia es un trastorno mental grave que produce experiencias extrañas; como ver personas que no están, oír voces que nos insultan, o tener sensaciones aterradoras de ser perseguido, espiado o controlado desde el exterior. Para ella, esa palabra era sinónimo de pérdida de la razón y aquel diagnóstico provisional se convirtió en motivo de una gran preocupación, ya que las sensaciones terroríficas se repitieron en varias ocasiones.

Rosa estaba medicada con Risperidona, una medicación antipsicótica que le adormilaba mucho y no le eliminaba los síntomas. Motivo por el que la madre la llevó a un curandero; que tampoco logró resultado alguno. A continuación, Rosa fue a una vidente que le “ratificó” el diagnóstico de esquizofrenia. Cuando llegó a nuestra clínica estaba plenamente convencida de que padecía esquizofrenia y que iba a “acabar en el manicomio haciendo escobas como los locos” —según sus propias palabras—.

La clave del trastorno

El trastorno de pánico se ha definido como el miedo al miedo . La esencia de este trastorno es que el paciente teme que los síntomas inofensivos sean la señal de un peligro real. Entonces, la interpretación catastrófica de esos síntomas inofensivos genera un estado de miedo que produce, de modo natural, que dichos síntomas aumenten en intensidad y se produce una espiral de ansiedad rápidamente creciente que desemboca en la crisis de ansiedad.

Antonio sentía una ligera presión en el pecho —que suele deberse a la acumulación espontánea de aire en los pulmones— y entonces pensaba: “¿Qué puede ser esto? Hace ya un rato que lo estoy notando. No creo que sea algo grave, pero ¿y si fuera algún problema cardiaco? No, no lo creo. ¡Oye! Parece que ha aumentado el dolor... Esto me asusta. Me duele más. ¡Es un infarto...! [Dolor extremo]” Al final acudió a urgencias, donde le dijeron que “sólo” era ansiedad.

Otras crisis se producen cuando el paciente interpreta que su mareo o su vértigo le puede hacer desmayarse y caer. O cuando el paciente interpreta sensaciones extrañas de irrealidad o de ser distinto como señal de que podría estar volviéndose loco. En realidad, el mareo, el vértigo, la opresión en el pecho, la sensación de irrealidad, la sensación de no ser uno mismo o de verse desde fuera de sí, pueden ser síntomas de un fenómeno común como respuesta a situaciones estresantes. Lo denominamos hiperventilación y consiste en un aumento de la frecuencia de la respiración que hace acumular más oxígeno del necesario en la sangre, disminuyendo a su vez la cantidad de anhídrido carbónico en ésta. Ese cambio sanguíneo se registra en un lugar del cerebro y entonces produce los síntomas. Síntomas que ya conocían los buceadores con el nombre de borrachera de oxígeno, y que se producen cuando no realizan bien la mezcla de oxígeno y otros gases, lo que produce exactamente el mismo incremento de oxígeno y descenso de anhídrido carbónico en la sangre.

17 Octubre 2008

El caso de Antonio: “Tengo un infarto. Me muero.”

Antonio es un profesor universitario joven que padece crisis de ansiedad desde hace un par de años. La primera vez que tuvo una “crisis de ansiedad” fue a urgencias porque pensaba que estaba sufriendo un infarto. No pensaba que tuviese ansiedad, ni podía creerse que los médicos no le hicieran mucho caso a su supuesto infarto. De hecho le comentaron que “sólo” tenía ansiedad y le mandaron algunas pastillas.

Estas pastillas le suprimían las sensaciones de ansiedad, sobre todo al principio, e incluso le dejaban a veces un tanto adormilado, pero pronto comenzó a notar que “eso seguía ahí”. Se notaba muy pendiente de su corazón, de si se aceleraba o palpitaba con fuerza. Él era deportista, pero a partir de las crisis de ansiedad cada vez le apetecía menos el deporte. En realidad le producía miedo, porque en cuanto montaba en la bicicleta le resultaba inevitable notar cómo se aceleraba su corazón y tenía que dejarlo “porque podía ocurrir lo peor”.

No obstante, sus crisis aparecían de modo inesperado. Nunca sabía a ciencia cierta si iba a tener una crisis o no, pero era cierto que había determinados sitios o situaciones que prefería evitar: grandes almacenes, colas en supermercados, viajar en avión, etc. Antonio veía que su vida se limitaba. Últimamente no soportaba ver películas de intriga o acción y —lo que era peor para él— se estaba distanciando de su pareja porque habían comenzado a evitar los encuentros sexuales con ella. De nuevo estaba el miedo al infarto campando a sus anchas: cuando hacía el amor notaba que el corazón se aceleraba y no podía evitar pensar en el infarto. Tenía que detenerse. Su mujer ya no tenía claro si realmente “sólo” era ansiedad lo de Antonio.

La clave del trastorno

El trastorno de pánico se ha definido como el miedo al miedo . La esencia de este trastorno es que el paciente teme que los síntomas inofensivos sean la señal de un peligro real. Entonces, la interpretación catastrófica de esos síntomas inofensivos genera un estado de miedo que produce, de modo natural, que dichos síntomas aumenten en intensidad y se produce una espiral de ansiedad rápidamente creciente que desemboca en la crisis de ansiedad.

Antonio sentía una ligera presión en el pecho —que suele deberse a la acumulación espontánea de aire en los pulmones— y entonces pensaba: “¿Qué puede ser esto? Hace ya un rato que lo estoy notando. No creo que sea algo grave, pero ¿y si fuera algún problema cardiaco? No, no lo creo. ¡Oye! Parece que ha aumentado el dolor... Esto me asusta. Me duele más. ¡Es un infarto...! [Dolor extremo]” Al final acudió a urgencias, donde le dijeron que “sólo” era ansiedad.

Otras crisis se producen cuando el paciente interpreta que su mareo o su vértigo le puede hacer desmayarse y caer. O cuando el paciente interpreta sensaciones extrañas de irrealidad o de ser distinto como señal de que podría estar volviéndose loco. En realidad, el mareo, el vértigo, la opresión en el pecho, la sensación de irrealidad, la sensación de no ser uno mismo o de verse desde fuera de sí, pueden ser síntomas de un fenómeno común como respuesta a situaciones estresantes. Lo denominamos hiperventilación y consiste en un aumento de la frecuencia de la respiración que hace acumular más oxígeno del necesario en la sangre, disminuyendo a su vez la cantidad de anhídrido carbónico en ésta. Ese cambio sanguíneo se registra en un lugar del cerebro y entonces produce los síntomas. Síntomas que ya conocían los buceadores con el nombre de borrachera de oxígeno, y que se producen cuando no realizan bien la mezcla de oxígeno y otros gases, lo que produce exactamente el mismo incremento de oxígeno y descenso de anhídrido carbónico en la sangre.

Sobre Ansiedad...

Somos dos chicas que hemos sufrido crisis de Ansiedad en algun momento, nos parece muy importante que todos y todas conozcamos los ataques de pánico y sus consecuencias, de esta manera podemos combatirlos... Hay muchas personas que sufren en silencio o a pleno pulmón pensando mil cosas que nos producen malestar interior: un infierno que sólo entiende la persona que se ha quedado atrapado en él. Pero recuerden que EL FUEGO se apaga con AGUA ;)